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Artículo publicado en:https://www.alertanacional.es/cocorotta-y-augusto-en-cantabria/

Eduardo Peralta.- El personaje de Corocotta ha pasado a convertirse a nivel popular en una especie de gran héroe de la resistencia cántabra contra la conquista de Roma, visión difundida por obras divulgativas sobre la historia regional y por novelas “históricas” de escaso rigor. Detrás de todo ello ha habido mucho de chauvinismo localista y de absoluto desconocimiento sobre la cuestión y sobre los cántabros en general, de ahí que se fomente esa grotesca visión que se tiene de los mismos como unos espantajos con pelucas y pellejos a lo Picapiedra o con gigantescas hachas tipo Conan el Bárbaro.

Paralelamente, ciertos sectores del mundo universitario nacional, en una reacción escasamente científica, en vez de estudiar el tema con rigor y poner las cosas en su sitio, se han dedicado a denigrar desde al personaje de Corocotta a cualquier otra cuestión relacionada con el tema de los cántabros. El único estudio serio sobre el personaje en cuestión es el de Angel Ocejo Herrero, autor que con muy buen criterio ha mostrado cómo el episodio de Augusto y Corocotta ha de enmarcarse en algún tipo de pacto o acuerdo entre ambos al final de la guerra.

El texto de Dión Casio (Historia romana, LVI, 43, 3) no aparece en los pasajes que este autor dedica a las Guerras Cántabras, sino al final del principado de Augusto y tras la muerte del emperador. Al narrar algunas anécdotas de su vida, dice únicamente que Augusto estaba irritado con un “bandido famoso de Iberia” llamado Corocotta y que ofreció una recompensa por él, y que cuando éste se entregó voluntariamente no le causó daño y le dio el dinero prometido por su captura. Nada más nos indica sobre la vida de Corocotta anterior o posterior a este episodio de la vida de Augusto, con el que el historiador grecorromano quiso ilustrar la magnanimidad del emperador. En ningún caso se dice además que Corocotta se presentase audazmente a cobrar la recompensa y dejase boquiabierto a Augusto con su bizarro gesto de colarse hasta la tienda del mismísimo emperador -lo que les habría costado a los que estuviesen de guardia en las puertas del campamento y a la misma guardia germana del emperador un castigo ejemplar por incompetentes-, como ha pretendido el chovinismo popular local, ni se especifica a qué pueblo pertenecía ni qué hechos de armas protagonizó para que merezca el rango de figura “heroica”:

 

 

 

“Se citaban estas cosas de Augusto, y se decía además que se enfadaba con quienes le habían ofendido pero sin llegar a perder el control, y que mantenía fielmente su palabra incluso con quienes no eran dignos de ella. Un ejemplo: en un primer momento llegó a estar tan enfadado con un tal Corocotta, un bandido famoso de Iberia, que prometió doscientas cincuenta mil dracmas (=denarios) a quien lo capturase. Pero como Corocotta acabó por entregarse voluntariamente, no sólo no le causó ningún daño sino que le entregó la recompensa prometida”.

El episodio cuadra bien con un jefe de alguna comunidad indígena al frente de algunas fuerzas que se entrega al final de la guerra y al que Augusto trató con magnanimidad (seguramente para convencer a otros para que siguiesen su ejemplo). El calificativo de “ladrón” que le da Dión Casio es habitual en los autores grecorromanos al referirse a los hispanos que realizaban incursiones depredatorias sobre otros pueblos, práctica muy extendida en la Hispania septentrional y entre los lusitanos. Este tipo de incursiones depredatorias son típicas de los pueblos ganaderos de montaña. Incluso un gran caudillo como Viriato que derrotó a ejércitos romanos enteros recibió este calificativo por las incursiones de saqueo de los lusitanos.

La razón para considerar a Corocotta cántabro es que los textos dicen que el emperador vino a Cantabria, no a Asturia, territorio del que se ocupó el legado imperial Publio Carisio: Augusto vino dos veces a Cantabria, la primera para dirigir el triple ataque desde Segisama (Olmillos de Sasamón) en el 26 a.C. y la segunda al término de las campañas de Antistio y Carisio en el 25 a.C., que es cuando regresa de Tarraco (a donde se retiró el año anterior por su enfermedad) e impone sus condiciones a los vencidos, tal como indica Floro tras describir las campañas en Cantabria y antes de narrar las de Asturia: “…mientras él invernaba en Tarraco. Después, presentándose él mismo, hizo bajar a unos de los montes, obligó a otros con rehenes, a otros los vendió en subasta según el derecho de guerra”. Es en este momento donde tal vez podría encajar el episodio de Corocotta.

Del paso de Augusto por Cantabria Suetonio nos dice que el propio emperador escribió “unas memorias de su vida, que narró en trece libros hasta la guerra cantábrica, sin pasar más allá”. El mismo Suetonio nos indica que Augusto “Por lo que se refiere a las guerras en el exterior, personalmente sólo dirigió dos: la de Dalmacia, cuando era muy joven, y la Cantábrica, después de haber vencido a Antonio”, y que “Sometió parte en persona, parte con sus auspicios, la Cantabria”. Veleyo Patérculo y Jordanes se refieren igualmente a la intervención personal del emperador en la guerra. De este paso por Cantabria conocemos por el mismo Suetonio que el emperador casi muere en una marcha nocturna al caerle muy cerca un rayo, por lo que a su regreso a Roma consagró un templo a Júpiter Tonante por haberle salvado (hay denarios de Augusto acuñados en Hispania en Colonia Patricia que representan este templo), y que durante toda su vida le aterraron las tormentas y que se protegía supersticiosamente de ellas con amuletos (una piel de foca) o escondiéndose en lugares abovedados. También alude Suetonio a la grave enfermedad hepática que afectó al emperador tras la conquista de Cantabria, y en la Anthologia Palatina se cita el episodio de un ciudadano de Tralles (Lidia) que acudió a Cantabria para solicitar a Augusto que socorriese a su ciudad, destruida por un terremoto.

Augusto volvió a Hispania entre los años 16 y 13 a.C. para reorganizar administrativamente la Península, posiblemente al término de la última sublevación del Norte en el 16 a.C. Aunque sabemos por el dicto de Bembibre (El Bierzo) del 15 a.C. emitido desde Narbona que en el territorio astur premió a los indígenas que habían colaborado con Roma y castigó a los que habían empuñado las armas, no parece probable que en esta ocasión regresase ya a Cantabria.

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