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Tras siete largos años de lucha incesante, en el que, el ahora poderoso Julio Cesar había conquistado toda la Galia, llegó al río Rubicón. Un río relativamente corto e insignificante en aras a su utilización, sin embargo era un “obstáculo” para aquel que había reducido a los diferentes pueblos galos.

César para junto al lecho por el que podían perfectamente cruzar sus soldados que le habían acompañado y que no habían dudado de él, durante la campaña, sin embargo aquel río era una “imponente muralla” que discurría por su cauce.

El río Rubicón era la frontera natural de la Galia Cisalpina e Italia y Julio Cesar conocía perfectamente la ley romana que impedía cruzarlo al gobernador provincial al mando de sus tropas, bajo pena de ser declarado como enemigo del estado.  Lo sabía bien y montado en su espléndido corcel blanco, observó a aquellos bravos y leales hombres, que habían luchado por él y por la República Romana, una República que sabía que estaba llegando a su fin, en el que las luchas internas la habían debilitado tanto que su fin posiblemente estuviera próximo.

 

 

Nuevamente volvió su mirada a los soldados más próximos, parecía dudar, pero con un leve movimiento de cabeza, ordenó continuar la marcha de la tropa, para cruzar aquel río que pese a su corriente mantenía un intenso silencio, mientras cruzaban valerosos aquellos soldados que pondrían fin a una etapa de la historia de Roma.

Alea iacta est, «la suerte está echada»

 

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