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Siendo todavía un niño y cuyos sueños eran poder guerrear como lo hacía su afamado padre Amílcar, quien lucho con bravura contra los ejércitos romanos en la primera guerra púnica, Aníbal fue llamado por su padre para que le acompañara al templo Eshum, para llevar a cabo un sacrificio según le había comentado.

Aníbal un niño inquieto de 9 años, no quería perder el tiempo en aquellos sacrificios que realizaban los mayores, si bien la autoridad de su padre, era suficiente para no oponérsele, por lo que acompañó al gran general cartaginés.

Una vez en el templo, varios sacerdotes sujetaban a una asustada vaca, amarrada con una cuerda, a la cual directamente se dirigió Amílcar, quien desenfundando un cuchillo el cual tenía un mango recubierto de oro y adornado con espléndidas figuras de elefantes, lo puso en el cuello del animal y con un sutil movimiento, seccionó su garganta escupiendo esta de manera inmediata, gran cantidad de sangre, que se recogía en un cuenco de barro de grandes proporciones.

 

 

Tápiz siglo XVII Museo Catedralicio de la Catedral de Zamora

 

Aníbal acostumbrado a estas celebraciones no se movió del sitio donde le había emplazado su padre, quien tras coger el cuenco repleto de sangre, se dirigió a su hijo y le conminó a que sumergiera sus manos en el líquido rojo para seguidamente solicitarle un juramento en voz alta “Odio eterno a Roma”.
El joven Aníbal, conocer de los sacrificios que el pueblo cartaginés sufría debido a la derrota contra Roma, así como el profundo pesar de su padre Amílcar, tras su fracaso como general en la guerra, se le iluminaron los ojos, miró a su padre y sin atisbo de duda hizo su juramento, surgía así, dentro de él una fuerza poderosa que le conduciría a su destino, intentar destruir Roma.

 

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